EL APORTE PÚBLICO A LA EMPRESA PRIVADA EN CHILE

Por Rave Gelmi

En un país como Chile donde robarse una gallina es más peligroso que apropiarse de cuantiosas sumas de dinero mediante una “irregularidad administrativa”, intentar cancelar una deuda menos deseable para el sistema que reconocerla y aplazarla indefinidamente; y buscar la justicia más anacrónico que cualquier sumario interno de esos que nunca llegan a nada; las platas públicas están siendo usadas para subsidiar al próspero -y a veces opulento- empresario (el motor del modelo según la ideología capitalista). Aunque hay quienes aquello no les merece, salvo un guiño políticamente correcto a la galería, reparo alguno; yo creo  que estamos viviendo el mundo al revés, el cambalache del siglo XX consumado en los inicios del siglo XXI.

Ejemplo de ello es La llamada “Ley Valdés”, promulgada en 1990 y modificada en 2004; una de las más ingeniosas herramientas legales concebida parta esquilmar la cultura haciéndola decir leseras como muñequito traga monedas según voluntad del ventrílocuo mercado. Concebida para regular el sistema de donaciones culturales, esta ingeniería sociomercantil se instaló en Chile hace casi tres décadas (justamente todo el periodo post Dictadura) y ha estado operando impunemente, sin alteración alguna, desde entonces. Son cada vez menos quienes la alaban, mientras crece día tras día el grupo de quienes la consideran una de las más sofisticadas estrategias del sistema empresarial para lavar su imagen, ordeñando la antigua vaca sagrada estatal y las arcas fiscales en beneficio propio.

Una vez consumada la Dictadura en 1989 y puesta en marcha su asechanza constitucionalista (el gobierno de la ley o nomocracia –no democraciaen que vivimos) las puertas quedaron abiertas para esta dictadura empresarial (la “dictablanda” que prosiguió a la militar) que legalisticamente comenzó a hacer de las suyas usufructuando del dinero que mes a mes ya venía sustrayendo del bolsillo social de todos los chilenos, los que ahora debieron comenzar a apelar al bingo de la cuadra o del país entero, muchas veces convertido en circo televisivo, para solventar sus gastos médicos, manutención y muy de-privada cultura. Esto claro, mientras los más exitosos y aventajados del sistema se solazaban en familia asistiendo al supermercado (como a las antiguas pulperías Salitreras con sus fichas) ostentando sus tarjetas de crédito como fichas de casino para jugar este juego, a costa de la mayor empresa de endeudamiento y empobrecimiento que haya conocido el mundo: el perpetuo carrusel de la propaganda elevado al paroxismo y la cultura convertida en una boleta ideológicamente falsa, la desnutrición espiritual del que otrora fuera considerado una de las repúblicas más prolíficas en la cultura de América.

Dos han sido, sin embargo, las críticas más frecuentes a la famosa “Ley Valdés”: primero, la alta concentración de las donaciones en las instituciones privadas y, segundo,  el poder asignado a los privados para decidir la orientación de la cultura en Chile. Si eso no es un control ideológico ¿qué es?

Para dimensionar esto hay que conocer primero las tablas de la famosa ley. Dos explicaciones de pizarra podrían ser las siguientes:

1.- Según explica el profesor Cristian Antoine, esta ley “permite devolver al interesado (donante) parte de su donación mediante la imputación de hasta la mitad de lo donado …al pago de los impuestos de primera categoría o global complementario. Así, si una empresa tiene utilidades por 1.000 millones de pesos, debería pagar 150 millones por concepto de impuesto de primera categoría (15 por ciento), pero si donó 10 millones a una institución cultural, ello le genera un crédito equivalente a cincuenta por ciento de lo donado, esto es, 5 millones, que dicha empresa podrá deducir de los 150, debiendo en consecuencia pagar sólo 145 millones”[1].

1.- Otra explicación con peras y manzanas la entrega el columnista Fredy Wompner, quien señala: “una empresa que dona $100 millones para fines educacionales, puede usar $50 millones para rebajar el impuesto que debería pagar. Lo que quiere decir que llegado el momento, si tuviese que pagar $50 millones en impuestos de primera categoría, ya no tendrá que hacerlo porque el Fisco entiende que se usaron en la donación. Además, la empresa podrá usar la otra parte de lo donado (los otros $50 millones) como un gasto necesario para producir la renta, lo que tiene el efecto de disminuir la base sobre la cual se calcula el impuesto que debería pagar y por tanto constituye otra disminución de carácter proporcional en el impuesto a pagar”[2].

Estudios recientes han revelado que las universidades con más recursos (cuyos alumnos en general podrían perfectamente pagar) concentran la mayor parte de los dineros que se reciben por donaciones. Lo preocupante y contradictorio de todo esto es que buena parte de estos recursos, que acrecientan la desigualdad en el sistema educacional, los financia el Estado…y ¿no era que el Estado propiciaba la igualdad de oportunidades? Además, la mayor parte de los millones que reciben las privadas son usados para actividades destinadas a mejorar la empresa y no a financiar acciones educativas para sus alumnos y comunidades carenciadas.  Así,  en vez de apoyar a los alumnos de menores ingresos se termina financiando con dinero de todos los chilenos al grupo de más altos ingresos y, no conformes con aquello -de acuerdo a una reciente investigación de CIPER-  las grandes empresas no sólo logran así conseguir  sendas indulgencias morales (tan valoradas por los beatos del Opus Dei o Legionarios de Cristo, que así consiguen dormir en paz)- sino que en realidad las empresas terminan donándose  a sí mismas sus propias platas a través de diversas fundaciones que operan como “recaudadoras” culturales para enjuagar tales dineros y obtener así el descuento de tributos y la rebaja en el total del monto declarado al Servicio de Impuestos Internos). Como se ve: negocio redondo.

Entonces, para decirlo con todas sus letras, aparte del abuso del término “donación”, estamos en presencia de un sistema donde el pobre subsidia al rico y David defiende a Goliat, donde un Estado jibarizado abandonó su misión de velar por el bien común y ahora, lejos de financiar a los sectores estudiantiles y creadores más carenciados, se encuentra financiando con nuestra plata a los grupos más acomodados de la sociedad,  quienes usufructúan del sistema en perjuicio de quienes deben rebuscárselas como pueden para sacar adelante sus proyectos culturales y de otro tipo, los  que muchas veces más encima son luego aplaudidos por estos mismos que han abandonado su conciencia crítica y ahora se alojan en la cómoda “vileza del pensar”, a la que no importa ni interesa de donde venga el dinero ni cómo llega porque lo importante es jugar el juego de ganar a como de la costa, felicitándose de tener el poder que –a su juicio- merecidamente ostentan como probanza de valía; autocomplacientes, porque “se lo han ganado” y “han tenido que bregar duro por ello”, ordalía inmoral para un capítulo aparte.

Así, el nepotismo se consuma y consagra en Chile. Es cosa de ver los apellidos que se repiten en las Universidades, en los medios de comunicación, donde son todos parientes y se “apoyan mutuamente”; así  los mecenas obtienen la indulgencia moral que buscan y los artistas santifican la plata (hasta hay quienes sueñan con un Farkazo,  una beca, o por último declararse abiertamente italianos, alemanes o de algún país donde tal pureza de sangre les permita vivir mejor). Cuento aparte son los bufones de corte que acceden a los beneficios como operadores socio-culturales. No serán parte de esta, sino de una próxima columna. Otro es el caso de aquellos que sabiendo todo esto, no ven otra salida porque tampoco es tan fácil restarse al inexorable banquete: son muchos los que terminan apelando, tarde o temprano, al fondo de una minera que supuestamente es de todos los chilenos pero que de ello tiene acaso el puro título. Son los conflictuados  ante tal escenario, quienes deben decidir día a día si callar para seguir obteniendo los  “beneficios” o  definitivamente denunciar  el concurso en que se convirtió la cultura.

A estos últimos le acechan dos peligros: el primero es lograr una mejor posición en la corte bajo el lema de “rebelarse, vende” (como los historiadores best sellers, arquitectos cool y literatos convertidos en rock star de “la cultura entretenida”, quienes de la TV pasan a rectorías y decanatos). El segundo peligro es el mutis de quien decide dejar todo como está para soñar un retiro “con las manos limpias”, pero entonces uno se pregunta: ¿qué tan inocentes si sabiendo todo esto abandonan el campo dejando a los otros caer sin ayuda?

Un amigo está escribiendo un libro que piensa titular “¿Huevones o cagones?”. Le pregunté por el grosero título. Me respondió: “porque la mitad de Chile son huevones y la otra mitad, cagones. Esto es, la mitad son huevones porque no se dan cuenta de que se los están cagando y la otra mitad, cagones, porque sabiendo que se los están cagando no hacen nada por arreglarlo”. Hay quienes piensan que mi amigo es un exagerado. Yo creo que debiera publicar ese libro y ver de qué cojones estamos hechos los chilenos (y de qué machismo genital estamos hablando aquí). Pero como sé que algunos drones humanos ya sobrevuelan desde su cómoda distancia objetiva, siempre tan comedida, la próxima columna versará sobre ellos, para que vayan apagando sus receptores, empacando sus bártulos y preparando sus silenciadores.

 

PARA SABER SOBRE LA LEY VALDÉS:

1.- http://www.lasociedadcivil.org/wp-content/uploads/2014/11/catalan.pdf

2.-http://ciperchile.cl/2013/03/18/universidades-privadas-con-mas-recursos-son-las-mas-beneficiadas-con-la-ley-de-donaciones/

 

[1] Antoine Faundez, Cristian. La ley Valdés y el aporte privado a la cultura. Ediciones Universidad Santo Tomás, 2003.

[2] Wompner, Fredy. “El uso de la ley de donaciones en universidades chilenas”, en: http://www.elquintopoder.cl/educacion/el-uso-de-la-ley-de-donaciones-en-universidades-chilenas/