LA CICATRIZ SUMERGIDA

Por Saulo Garrido.

Sobre la ciudad hay dos visiones: una miope y otra especular. La primera es simple y niega su otra mitad, es decir, su reverso o lado oscuro. Desea ser sólo espacio de luz, sin orillas. La otra es compuesta y asume su reverso como zona de inclusión aunque -paradójicamente- deposita extramuros todo aquello que le sobra y excede su centro. Dividido en dos, uno de sus polos (el hegemónico) se auto asigna una magnanimidad in-clusiva sin renunciar a nada y echando mano a bolsones de exclusión, además de otras formas de apartheid en colegios públicos, hogares de ancianos, casas de orates, hospitales de campaña, cementerios y otras formas de relegación encubierta. Ambas visiones, tanto la miope como la especular, son parciales, mezquinas e injustas; y ambas han sido proyectadas sobre la ciudad de Santiago. La visión purista, sostenida por la oligarquía liberal y Benjamín Vicuña Mackenna busca la ciudad de la luz; la visión dicotómica o especular, en cambio, sostenida por la burguesía mesocrátoca, busca idealizar y estigmatizar su lado oscuro, salvaje, periférico, pero necesario para el dormitorio de la nana o el cuarto de servicio y la conserjería de la cultura.

Una tercera mirada, sin embargo, ha surgido como alternativa sin ser síntesis de las anteriores ni superación tranquilizadora, sino más bien una inquietante forma de problematizar lo urbano: pensar la ciudad como archipiélago o conjunto de ciudadelas conflictuadas y enmarañadas entre sí, como constelación de ciudades dentro de cada ciudad, venas humanas y corrientes conurbadas danzando impredeciblemente en el océano consciente e inconsciente de la existencia menos visible de la cultura.

La dicotomía entre centro y periferia, “casco histórico” y La Chimba fue descrita por De castro (2005), De Ramón (1992) y otros, resaltando la estigmatización del sector norte de Santiago caracterizado por la oligarquía como “potreros de la muerte” o “aduares africanos”, una especie de invunche social; dicotomía urbana que aún hoy sirve para visualizar las formas de control y regulación del bajo vientre urbano.

La posterior visión de la ciudad de Santiago como conjunto de ciudadelas heterogéneas e intersectadas fue postulada primeramente como un inconsciente urbano y cultural de Chile por el escritor Carlos Franz en un mítico libro (La ciudad amurallada, 2001), donde  la dicotomía se inserta en una red de siete sectores o barrios a través de los cuales se recorre de manera multifocal el deseo, la voluntad y otras formas de la cultura. Habrá que esperar, no obstante, hasta la genial Guadalupe Santa Cruz para la formulación de una noción más abierta, rizomática, compleja, poética y productiva de la visión constelar de la ciudad. Será ella la que inaugure el vértigo del barranco y el deseo en los espacios humanos de la ciudad.

Soltar los anclajes de la racionalidad moderna y controladora ha ido abriendo paso a la noción de una constelación que asume su parcialidad, multiplicidad, fragmentación y océano de posibilidades sin recurrir a la panacea dialéctica, sintetizadora y resolutiva, sin rehuir a los conflictos y fricciones, muy por el contrario, asumiendo como viable y cotidiano un permanente estado de confusión, estallido y roce. No se trata, sin embargo, de una visión pesimista o catastrofista, tampoco de una utopía evasiva. Sin refugiarse en el purismo ortodoxo ni salir a enarbolar las banderas del multiculturalismo ecuménico que lame las heridas de la injusticia y las esconde bajo el manto, la constelación busca expandir las aporías hasta la implosión de figuras que puedan desplazar  la crítica hacia adentro y más allá de la desesperanza o la ideología extrema.

Si el centro se ha escudado hasta ahora en una gramática oficial o mainstream (en el jazz, en la lengua y en la ciudad), el caminar embotado, obtuso, impertinente, inculto, confuso y borracho, en cambio, ha demostrado que siempre hay hormigas extraviadas que dan con el camino sin otra opción que transformarlo el sendero de su perdición. Entonces, si hay suerte, el arco deviene en puente y los dialectos, en lengua.

Pensar el jazz en estos términos puede ser un ejercicio altamente interesante; quizá el inicio de una fructífera crítica de jazz: encontrar en la Mapocho Orquesta y su forma de leer la cicatriz de Chile (asociada históricamente a la dicotomía), en el puente de los recuerdos futuros del contrabajista Roberto Carlos Lecaros o en el carrusel auditivo de Martin Joseph, partes de una constelación que identificamos como jazz y que, aunque no podemos definir, sentimos a través de este mapa sin escalas pero muchos nortes, como luciérnagas que con torpes manos acorralamos para poder apreciar su luz, precaria y sumergida allí en el barro más oscuro de la galaxia.

[1] Nota a propósito de “Cicatriz” de Mapocho Orquesta, disco nominado al Premio Pulsar como mejor disco de Jazz 2017.