Llegando a estas nórdicas latitudes

Austria me recibe con una llovizna apenas fría y un cronometrado transporte público que no conoce premura ni demora alguna. Es un tiempo eléctrico y exacto que parece conectarse con el presente eterno del mito. Comprobar que un reloj funciona lleva a verificar que fue acá cerca donde inventaron la precisión y la telefonía móvil, el símil moderno de los Nibelungos animando las nuevas comarcas digitales. Desde la compra del boleto de tren hasta las chapas de la puerta están automatizadas. No hay pintura chorreada, no hay basura visible, no hay muro rayado ni manchas. Olvidaron que una vez fueron pobres y campesinos, pescadores y bárbaros marginados del Imperio. Luego fueron ellos mismos un imperio (el Imperio Austrohúngaro) y se volvieron comedidos hasta que ahora, ya ancianos, regresan a la senectud de un ecológico nicho de mansedumbre parecido a la sabiduría y al culto al diseño como eficaz sucedáneo de la ecuanimidad. Es el talento de los más jóvenes que anima esta ciudad, llena de bicicletas y poca gente. Quizá por eso en Graz, cuna del diseño, hay una Facultad de Jazz, un espacio específico en la Universidad local donde, desde hace una semana, han estado ensayando diversas y connotadas figuras del canto jazzístico para lo que promete ser, este jueves, la magistral inauguración del 12avo Congreso dedicado a este género musical, abocado en esta ocasión a lo que pudiéramos considerar la “vocalidad” en el jazz (que es más que lo vocal, claro está).

A poco andar en este distendido y seguro clima urbano de Graz, reparo en los ritmos que he traído y han venido conmigo, dentro de mí, pululando desde Chile, alojados en mí como una picazón o una arritmia cardíaca, para terminar rebotando acá. Ayer conversé con un amigo que vive desde hace siete años en esta bella ciudad. Jorge Castizaga, de Coquimbo, con Víctor Jara y el norte chico metido en el alma. Recordamos tiempos de infancia y, claro, dimos con lo que parece ser una cuestión muy nuestra: lo que fuimos. Los derroteros de esa excelente conversación nos condujeron raudamente hacia la infancia de las fonolas y los piedrazos en la tierra musical de nuestros ancestros. Llegamos a la sencilla conclusión de que la pobreza es, a fin de cuentas, un ritmo. Venir hasta acá desde un lugar donde las micros y hasta el Metro nos zamarrean permanentemente con un choque de crujidos, frenazos y remezones sorpresivos, expuestos siempre a los más insólitos episodios de riesgo y montados sobre una tierra cuyo espinazo se quiebra en un horizonte fracturado de montañas y abismos sin descanso (“Horizonte cuadrado” dijo Huidobro, cuando se tradujo a sí mismo desde el “carré” francés), es cosa rara. Y más raro aun es que ese mismo ritmo estuviera entre los negros y subalternos marginados en New Orleans, donde la golpiza y el abuso no terminaban nunca de serenarse. O quizá no sea tan raro siendo que le ocurre a la mayor parte del planeta. Y es que el pobre se vuelve ducho en esquivar el golpe, saltar entre las piedras y mantener el equilibrio siempre precario (entre el exceso y la miseria), salvándose -como puede- entre las inestabilidades del síncopa brutal de su existencia. No es una vida hecha para el ritmo cuadrado, exacto, por mas que el poder se lo imponga, exigiendo el rendimiento maquinista de poner 2 y sacar 4, para generar dinero y más poder. Salvo cuando el subalterno debe marcar ese ritmo de trabajo (abajo en la galera, para que la nave funcione), el pulso de su vida siempre es otro y otro el ritmo de su agitación interna.

Yo creo que el jazz es ese ritmo cojo, el latido visceral de la sobrevivencia en un mundo violentado por el castigo y el atropello, un compás que los imperios ya vetustos recuerdan, admiran y valoran como una juventud o infancia perdida antes de someterse a sí mismos para, supuestamente, crecer. Algo como lo que nosotros ayer, algo europeizados, hicimos regresando a lo que fuimos y seguimos siendo. Ya lo dijo Herman Hesse en el Lobo Estepario allá por 1927, el jazz es una música aniñada (lo decía refiriéndose a una idealización de la renovación que el jazz significaba para la extenuada cultura europea).

En Chile sabemos que la palabra “aniñado” refiere a un tipo de persona formada en la vida difícil, que ha naturalizado el grado de violentación permanente que vivimos en nuestros países y en todo el tercer mundo que es la mayor parte del planeta, donde uno sale a la calle con una visión perimetral de 360 grados de “auto cuidado”, con ese guardia de seguridad esquizofrénico que nos colocaron dentro y que todos llevamos consigo para auto protegernos. “Maneje a la defensiva”, “cuide sus pertenencias”, “uno sale y no sabe si va a volver”, ¿qué es eso? Pero no solo de espejos narcisistas está hecho un viaje. Lo que hay acá es otra cosa y no solamente aquello que nosotros no somos, aún, o nunca fuimos ni seremos. Viejos antes de tiempo, aún por nacer. Tras esta primera impresión puerocéntrica, que espero me disculpen, abro estos nuevos ojos a lo nuevo que hay acá. Una belleza y sabiduría diferente en aspectos y cotidianidades que empiezo a recorrer. Salgo ahora de Chile, que ha estado sentado conmigo en esta calle Eggenberger Strabe 7 donde me hospedo, siendo las 8:25 minutos de una azul y limpia mañana en Graz, al sur de Austria.

MIGUEL VERA-CIFRAS
veracifras@hotmail.com
Programa Holojazz
Radio Universidad de Chile